Miércoles o jueves, día de semana, ni daba hacer lo que estábamos.

En la casa de L tomando, jaque tras tablas aburridas, en palizas que aún recuerdo, el hastío surgió a través de las pausas de los movimientos.

Decidimos ir a buscar problemas.

Cruzamos la avenida del general a la altura de donde termina el hipódromo de Palermo. Esquivando asfalto, L y yo.

Esperamos un semaforazo hasta que una de las prostitutas con volante se dignó a levantarnos. Campera de jean, pantalones harapientos, zapatillas de basurero, los rulos potentes, extra poderosos. L con su melena lacia, sus modales chocantes y su versatilidad principesca para cambiar su acento entre lenguas palermitanas y bonaerenses; el dato sobre los problemas que buscábamos era sobre una esquina en Belgrano, cerca de la vía, nos dirigimos hacia allí.

Susurrando al oído chequeábamos las calles casi de memoria. En Mendoza L me dijo que estábamos cerca: -despacio- le dijo alguno al chofer. Nada.

Hasta llegar al cruce entre Olazabal y 11 de Septiembre (odio que lo digan sin la P).

-es acá- murmuró L a mi oído – estás seguro?- repliqué.

-sí, es acá.

El conductor nos miraba por el espejo retrovisor, yo lo sabía y él sabía que  yo sabía.

El auto dobló al llegar al cruce, L y yo, y el chofer. Lento, muy lento, pero no tanto.

De pronto, al llegar el automóvil encarar la calle patricia la puerta se abrió, el aliento se detuvo, pensé en los jardines que antes había allí, en el quiosco que alguna vez compré figuritas, que no buscaba problemas. El tiempo los devoró, y el chofer, la puerta que se abanicó súbitamente, el salto, el miedo, las miradas cruzadas.

L y yo -qué nos pasó?

Como esos momentos en que todo se detiene, que va en cámara lenta el coche siguió su rumbo, sin nadie al volante, petrificados en el asiento trasero, viendo al chofer rodar y rodar y rodar por sobre la acera hasta que se detuvo cerca de la pared, y  miraba el show de aquellos que no sabían moverse.

Súbitamente la puerta de atrás se abrió, como imagino sería en una plegaria. Sujeté a L de su remera de número rollinguero y lo arrastré hacia afuera, el motor seguía en marcha, el coche también. Y nos miramos, el chofer, L, yo, el auto a la deriva por la avenida patricia por venir.

Los reflejos felinos de alguien paranóico que, ahora pienso, no era su primera vez en esto de los saltos repentinos, nos desayunó.

No es que pensábamos no darle su crédito, pero, quizás, podíamos obviarlo.

Sin embargo quedamos los tres mirándonos, el auto seguía su rumbo en impecable victoria futurista.

El muchacho de reflejos extraordinarios dio un salto a través del material de la puerta y como un fantasma se acomodó en el asiento.

Las revoluciones aumentaron y las luces del Renault se hicieron cada vez más pequeñas.

Inmóviles, sin problemas alrededor más los que conseguimos, el show continuó.

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