Las encontré en la Avenida Cabildo, sabía que no eran de fiar, pero eran dos, estaba ebrio y no me importó.

No recuerdo sus nombres, a medida de que las líneas vayan saliendo quizás. Me pidieron que les saque una foto, eran como las dos de la mañana de un sábado triste. Me pareció buena idea: al menos mucho mejor que ir a dormir.

-Sabés dónde podemos conseguir un vino?

-A esta hora? Difícil.

-Nos ofrecieron un Santa Ana, a cuarenta pesos, un Santa Ana!

Conozco al vino, no sé nada, creí que ella sí, y puse cara de disgusto.

-No puede ser, acá en la otra cuadra hay otro kiosko, preguntá ahí.

-querés venir con nosotras?

Si me vuelven a preguntar, aún sabiendo, hubiese aceptado igual.

Eran del sur, por Bariloche, algo así. Santa Ana era una experta porque su hermano trabajaba con vinos o algo así y ella de mesera; aprendió.

Delataba alrededor de 20 años, tez morena, si bien no era tan linda su figura compensaba, tenía de esas tetas lágrima con pezones que te apuntan a los ojos.

La otra era más callada, con esos rulos increíbles que invitan a zambullirse en ellos y perderse horas. Más linda, europea, pero de cuerpo magro.

Caminamos un par de cuadras, no conseguimos precio en el kiosko que recordaba, por lo que continuamos al otro, un tradicional parador de vagales belgranenses, ellas y yo. Nos sentamos en una mesa en la calle. Ana pidió la carta de vinos. El chico gordo mantuvo la fachada unos cuatro segundos y riendo admitió no tenerla, que existiera! Era obvio. Cerveza salió y sirviose en vaso de inigualable aspecto rústico vidrios patéticos.

Ana que tenía un sobretodo muy lindo dejó descubrir su feminidad a pesar del frío, me sorprendió, otra chica se dio cuenta, e intentó llamarme la atención, intentó.

Bebimos. Ana sacó un cigarrillo. Llevo como un millón de palitos en la pared de casa sin hacerlo, pero todos sabemos que es cuestión de tiempo.

Más allá había dos chicos cordobeses, y otra mesa, de chicas, de más allá de la General Paz: se hacían las chetas, cantaban las canciones, los estribillos, que salían de la mugrosa posada. Ana consiguió fuego, y dos cordobeses.

-dicen que los cordobeses son graciosos, digan algo!

No sé hablar, entender y menos transcribir el cordobés, la cosa es que el flaco dijo “algo”, una pelotudez, pero tienen esa forma que aunque lean un vademécum, una sonrisa te roban.

El otro no habló, excusó un problema en el labio, algo del habla, tomó su vaso y se fue. Una buena.

Pedimos una o treinta y seis birras más, el frío nos ganó y fuimos hacia el interior del local.

Ana se interesó en el cordobés, la europea y yo, luego cambiamos.

Estaban ebrias cuando las encontré y ahora, todo iba mejor.

La secuencia invitaba a pensar en una orgía. Aunque compartir con el cordobés no me emocionaba demasiado, tenía aspecto frágil, no hubiese sido difícil… cómo decirlo: “excluirlo del plan a pesar de su voluntad”.

Comenzaron a besarse con violencia, fuerte, los labios, la saliva, la pasión, la calentura, los pezones pinchando la luna, las manos, sus pelos, mis pupilas, el cordobés callado.

Luego se fueron al toilette, las dos, quedé con el loco éste que había ido a ver el partido de River contra un equipo de Córdoba: del cual no era hincha. Sigo sin entender.

Pasaron un par de minutos esquivando baldosas.

Ellas salieron, caminaron aceleradamente hacia la calle con las caras cubiertas por sus rulos.

-Se están escapando.

En cordobés dijo que no podía ser.

-Sí, se están escapando.

En cordobés creo que siguió sin creerme.

Terminamos de tomar, pendejas, qué más hacer. Yo no tenía un cobre más confiaba en que el otro estuviera más ebrio que yo.

En cordobés pagó por todos.

Las crucé diez minutos después un par de cuadras más allá, gritando y jugando con su cámara fotográfica, eran como las cinco.

Aún seguía siendo mejor plan que ir a dormir.

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