(Intro/colaboración)

Prólogo

Mi “recursera honestidad” me lleva a tener que anunciar que no soy una gran lector de prólogos, sinceramente siempre que los veo no puedo dejar de pensar: -“carajo, páginas totalmente obviables”, ergo, escribir uno que no sea un desperdicio, es tarea (como mínimo) hipócrita.
La autora de los siguientes fogonazos de letras desacomoda; le encanta.
Apenas la conocí no dejaba de ponerme incómodo (tal vez porque uno está acostumbrado a los roles tipo “yo soy varón, tengo pene y vos no”), a ella no le importaba nada: ni los laureles, ni las medallas de fantoche, que a la mayoría nos gusta pavonear como grandes imbéciles. No, para ella eso no tiene nada que ver, lo importante, como dice el zorrito ese, “es invisible a los ojos”.
Cito a una de las medallas de chocolate que me colgué de mi “camisita usada que compré en Eleven”: haber leído un libro del “Roly” Barthez (un franchuto filósofo y semiólogo) que (dentro de una gran tanda de cagadas) dice algo que me rompe la cabeza: “todo escritor dirá entonces: loco no puedo, sano no importa, sólo soy siendo neurótico”.
Al margen de herir susceptibilidades me refiero a que ya hay millones de cosas escritas, genios han escrito, tipos brillantes han hecho cosas increíbles como así también alguien ha sido tan imprudente de enseñarle las letras a Paulo Coelho. Pero para llegar a hacer textos que valgan la pena, que cuenten algo que uno diga “la pucha que vale la pena no haber visto la película antes”, se necesita tener algo que no sé si se puede enseñar, seguro que mejorar y afilar, pero el instinto está en cada uno, la vida te da por todos lados, y te forma el carácter-neurosis (y mierda-carajo que Deni tuvo que, por así decirlo, remar en dulce de leche).
Ella tiene “eso”, no es que sólo escribe textos de goce (según la teoría del “Roly” son aquellos rupturistas, que justamente desacomodan, que hacen vacilar sobre todas esas insignias pedorras sobre las paredes de nuestros rincones de estudio) sino que es conceptualmente así: su vida es así, su pensamiento es así, sus chistes, sus ropas, su risa es así: una vida de goce-neurótico-conceptual.
La autora no escribe desde “el goce”, ella vive en él. Cada acción, cada palabra, argumento o rabieta tiene su génesis en algo para lo que no sé siquiera si existe medalla, pero de haberla, seguro que ella ya la habría usado para destapar una cerveza bien fría en una tarde calurosa.
Pasaron cuatro años desde aquella vez que I.D. Segovia me maravilló con su modo particular. Y han pasado otro dos que sigo sin entender al “Roly” (habrán notado que siento [casi] afecto hacia él a esta altura), pero si he de decir algo acerca de los fogonazos de Segovia es que nunca serán los más obvios, no serán los que esperamos, no tendrán nada de barrocos sino que atacarán a todo eso que nos enseñaron que estaba bien, pero que la fuerza de “ella” (para darle un toque épico-peroncho) hacen que uno nunca quiera ser, como el “Justin Bieber de la literatura”, Paulo Coelho.
Todavía me siento incómodo tipeando estas líneas, uno piensa: “¿tendrá algo que ver? ¿me habré ido a la goma?”. La fuerza de “ella” ni lo hubiese considerado, se relamería de sólo pensar en cuantos ilusos tendrán este texto en sus manos, que levantarán la mirada en un segundo y pensarán:
-Carajo, qué página más obviable.

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