Hace años los laburantes se juntaban en las esquinas después del trabajo: sucios, descosidos y cansados se sentaban en una mesa sobre las pequeñas veredas. Una vez allí disfrutaban como reyes, de su veneno, el Moscato. Tal vez no lo sabían, no se lo planteaban, pero ese sería su única victoria ante el destino.

Se generó una tradición, una costumbre, aquel nieto de Italia llevaba en su ser a los amigos, la juntada y al vino compartido y entre copas compartían el fútil capítulo.

Esto continuó durante varios años, el tiempo se aburrió de ellos; los hijos cedieron el lugar y dieron paso a los nietos de la península. Ellos encontraron su inspiración en otras piernas, en otras bocas, en otras copas, en un nuevo néctar.

El moscato estaba muerto.

Peor aún fue tomado del pelo, cayó en el hondo purgatorio de la vacilada, se convirtió en un utensilio de cocina, en algo para decorar un bizcochuelo de cumpleaños infantil, no era aquella poción de trabajador de bolsillo descosido, lomo arrebatado y anunciado final.

Tal vez con la caída de aquella bebida de moscatel no sólo desaparecieron las viejas costumbres de las esquinas de las tabernas, desapareció parte de la idiosincrasia, algo de lo que eran: tátara nietos de Italia que no saben cómo comportarse, e imitan los pasos extranjeros falsificadores.

La seguridad burguesa aplacó el instinto, se acostumbró a lo estándar y al microondas, a esperar el colectivo bajo techo y no a caminar entre el fango y la lluvia para ganar la moneda. El espíritu perdió brío, se volvió dócil y predecible: aquel destino de crónica anunciada cantado ya no es tan terrible, algo siempre queda, no es importante, o en el peor de los casos, así como la seguridad burguesa, ya no importa más nada después del último suspiro.

Sin embargo a quienes no se acostumbran, quienes no quieren hacer suyos los destinos prefabricados, aquel que se detiene a pensar y no se conforma con bolsillos sucios y descosidos como única opción, las seguridad burguesa no sólo mata el espíritu, a veces puede abrirle un resquicio a aquel que tenga lo que hay que tener para que se la juegue por algo más.

Hay quienes  que no se dejan estar, quienes no quieren que la burguesía armadora de vidas les digite las cosas que van a vivir, o no, para aquellos que juegan con el sistema, que no son sus títeres, que trepan a través de la maquinaria de la urbanidad hasta llegar a otros pisos en los que no eran esperados, ni bienvenidos; llegaron, y no se van a bajar, incluso seguirán escalando hasta ver a dónde llega el sistema.

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