Una noche todo cambió, un ángel negro arregló algo que estaba roto, que ni sabía que estaba.

Alguien pidió por la última silla que no uso, acepté intentando una frase calurosa, sólo eso.

Entre las sombras escurridizas se refleja una luz sobre el techo del bar, tal vez sea una señal.

La noche transcurre, una más, la misma botella, el mismo candor, la misma historia por milésima vez. La ronda se agranda, pero las historias siguen siendo demasiado iguales.

Los vasos transpirados pierden su sabor con el calor, ya es suficiente, el mío todavía medio vacío, lleno, está olvidado: alguien lo bebe, no me interesa reclamarlo.

Los ojos se posan en mí como esperando una señal, una misma historia, el mismo cuento que ya todos saben, que reclame mi vaso, algo. No vale la pena, es todo tan ayer.

Vuelvo a buscar aquella luz sobre la barra, pero no está, la busco tímidamente con la punta de mis ojos, sin éxito.

De pronto entre la gente algo sucede, una luz, un reflejo que se expande: como si una nave alienígena se digna a compartir el mismo cuento, la misma historia que se aburrió de contar en casa. Me sujeto de mi vaso para no perder el valor y me acerco, todos parecen no notarlo, están tan inmersos en su historia repetida que no entienden lo que está pasando, yo tampoco, pero sé que está ahí.

Me hago camino entre los pasos equinos, y los perros poco corteses.

Y allí como si de un hada se tratase envuelta en un vestido negro, con el azabache menjunje salvaje flotando sobre su cabeza, las piernas eternas. Comienza a moverse.

Tal vez estaba demasiado aburrido, tal vez debía irme a casa.

Mientras bailaba entre nubes dirigió su mirada sobre mí, ante ella pasaban todos los galanes y ni intentaban un atraco, ni una frase clonada, nada, no existía. El vaso ya no me daba el valor que necesitaba, no sentía poner más de eso en mi boca, esa historia repetida me había asqueado.

Me acerqué a la musa de marfil y ébano que parecía moverse entre la gente como un suspiro, nadie la notaba, parecía ser que la ignoraban adrede, menos yo, que ya me había olvidado mi copa de valor sobre algún mostrador.

Finalmente la alcancé, bailamos juntos. Nuevas historias con nuevos protagonistas surgieron de la nada, aquel sabor que ya no sentía se deshizo en mis papilas y cedió su poder al nuevo néctar que ya no me aburría.

Pregunté su nombre, susurró suave para que todos escuchen: tan dulce, tan divertido.

Ángel Negro.

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