Como hijo de la televisión americana de los ´90 una de las influencias más grandes que tengo es la serie “Seinfeld” creada por su protagonista, Jerry y el neurótico Larry David.

En uno de sus shows de stand up Jerome Seinfeld dice algo así: “el hombre inventa y hace actividades en las cuales se puede romper la cabeza, no conforme con esto, en vez de abandonarlas, inventó un casco para proteger ese cerebro y continuar llevando a cabo esas acciones.” y cierra preguntando al público: “¿vale la pena salvar esa cabeza que hace todo lo posible por romperse?”.

 

Cada vez existen más bloqueadores: AdBlock Plus, IE7 Pro, Simple Adblock, Chrome AdBlock, Safari Cleaner y su app para Facebook, y podríamos seguir. Los invito a poner en el navegador frases alusivas a la publicidad y comprobarán que hay avisos que invaden y que la gente no quiere ver. Cada tanto me encuentro con algún desprevenido renegando contra algún tipo de aviso intrusivo –los de YouTube como estandartes- que no permiten ver dos videos seguidos sin un anuncio y esperan ansiosos que la cuenta regresiva los habilite a apretar la “X” –muchas veces más difícil de encontrar que a Wally-.

 

En Facebook los anuncios pagos llegan a invadir los timelines, y su capacidad de segmentación es sorprendente, y si uno es target de un producto, le va a llegar una y otra vez.

Otra faceta que produce molestia es la de la poca o nula privacidad: si hoy buscamos “lancha a motor” en Google, en un par de horas estaremos recibiendo ofertas maravillosas de vehículos acuáticos a muy buenos precios.

 

Por otro lado están las piezas que la gente elige ver, porque los entretiene, porque les es interesante, porque los ayuda o porque cuenta con recursos artísticos –no necesariamente caros- que vale la pena considerar. Tal vez esta alternativa pueda parecer más cara, que necesita mayor producción, mentes más ágiles y agudas para dar con ese tema que sí es aceptado.

 

Nos podemos preguntar: ¿cuál es el daño que le está haciendo ese anuncio no deseado a la marca? esa persona que recibe un anuncio que no sólo no quiere ver sino que perturba la navegación, a la hora de ir a adquirir un producto, ¿qué marca va a elegir? qué posicionamiento nos da ser la empresa que no deja ver dos videos seguidos.

No va a ser sorpresa que esta persona termine eligiendo a la competencia.

 

Se han impuesto soportes para comunicar y ante la negativa recepción no se tuvo mejor idea que apostar más fuerte, de hacer uso del dinero para aumentar la frecuencia sin límites. Se puso un casco y se va como el hombre bala del circo hacia el público que al verlo venir comienza a rezar para que la cuenta regresiva sea veloz y porque la “X” lo salve lo antes posible.

En síntesis, citando aquella duda de Jerry Seinfeld: ¿vale la pena salvar a esa publicidad que se esmera por romper el vínculo con la gente?.

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